sábado, 31 de julio de 2010

Sakura (flor de cerezo)

Sakura (flor de cerezo)

Sakura es el nombre que se le da en Japón a la flor del cerezo o del ciruelo. También se le nombra sakura a tres especies de plantas del género Prunus, que es un género de árboles y arbustos, que incluye varias especies cultivadas por sus frutos, como el ciruelo, el cerezo, el melocotonero o duraznero, el albaricoquero o damasco y el almendro.
En el archipiélago del Japón existe un sinnúmero de cerezos que adornan el paisaje. No hay que viajar muy lejos para encontrar alguna de las 300 variedades autóctonas. Las flores suelen ser de cinco pétalos dentados -aunque otras variedades tienen mucho más- y están dispuestas en racimos. Presentan una gama cromática que va desde el blanco casi puro hasta el rosado e incluso el carmesí, con sutiles tonos intermedios. Su forma y su color han simbolizado por siglos la pureza y la sencillez.
La imagen del cerezo en flor es espectacular. Cuando la tenue luz del sol se filtra entre las nubes y baña sus delicados pétalos, el árbol emite un resplandor entre rosáceo y blanquecino. Claro, más imponente aún es ver un cerezal entero.
Las montañas de Yoshino gozan de tradicional renombre por la blancura de sus cuatro extensos cerezales, integrados por más de cien mil ejemplares. Hay una zona llamada Hitome Senbon (“Mil cerezos de un vistazo”) en la que, hasta donde alcanza la vista, toda la ladera exhibe flores blancas, dando la impresión de estar nevada. No es de extrañar que anualmente acudan a ver este glorioso espectáculo más de trescientos cincuenta mil visitantes.
Los cerezos pueden plantarse de forma que creen efectos exquisitos. Por ejemplo, si se ponen dos hileras paralelas en las que se toquen unas ramas con otras, surgirá un “túnel”. Imagínese caminando bajo un racimo floral tras otro, bajo una bóveda de tonos blancos y rosados, sobre un suelo cuajado de pétalos.
Pero las delicadas flores no duran mucho: su apogeo es de sólo dos o tres días, o incluso menos si hace mal tiempo.
Cuando los pétalos se desprenden por millares de las ramas, se crea la sin par ilusión de que cae nieve rosada. En un abrir y cerrar de ojos, sin aviso previo, caen airosamente al suelo. A veces, el viento se los lleva en ráfagas y los riega por doquier. Los japoneses dan a éste fenómeno, que reviste el suelo en un delicioso manto rosado de frágiles pétalos, el gráfico nombre de sakura fubuki (“nevada de flores de cerezo”). Pocas escenas de la naturaleza nos dan tanta serenidad.
Durante el año los árboles de cerezo permanecen únicamente forrados de verdes hojas, y está desnudo en el invierno, pero hacia el inicio de la primavera florecen, decorando los parques con su apariencia de nubes rosadas.
En Japón se realiza el festival de Hanami (花見) en su honor puesto que es su flor más significativa (pero no la oficial); durante éste los familiares y amigos se reúnen en los parques con cerezos bajo la sombra de los mismos y, a modo de “picnic”, comparten alimentos mientras celebran la aparición de las flores.
El alcohol forma parte intrínseca de esta fiesta y su consumo en grandes cantidades es casi de obligado cumplimiento. “No se trata de organizar una fiesta ruidosa sino de sentarnos tranquilamente a observar la belleza de las flores mientras se bebe sake”.
El alcohol es una parte muy importante de esta festividad en Japón, una sociedad sujeta a estrictos protocolos que lo utiliza para desinhibirse y mejorar las relaciones laborales y personales, normalmente plagadas de formalidades.
Allí se olvida la política y se monta una auténtica verbena al estilo nipón: comida a la venta como tallarines, yakitori (pinchos de pollo) y takoyaki (bolas de pulpo), junto a mucha cerveza y sake.
El espectáculo es además un importante reclamo turístico en Japón y los extranjeros en seguida se ven contagiados de la ilusión de sus anfitriones.
Un paseo por algunos lugares de Tokio especialmente estratégicos por su concentración de cerezos, como el cementerio de Aoyama, el parque Shinjuku Gyoen o el paseo Budokan, da una idea de la fascinación japonesa por una flor cuyo nacimiento se identifica con el inicio de la primavera.
Los japoneses valoran mucho este mes ya que el hecho de florecer los arboles supone una nueva epoca de cambio en la vida de las personas, los estudiantes se graduan y pasan a un nuevo curso, la gente empieza a trabajar… digamos que la pimavera aqui seria como un septiembre en espanya…
La floración comienza en enero en la región sur del archipiélago, en Okinawa, y prosigue hacia el norte hasta llegar a Hokkaido a finales de mayo. Este avance, conocido como el frente de la floración del cerezo, es objeto de informes periódicos en la televisión, la radio, la prensa e Internet. La noticia de que los cerezos se encuentran en flor arrastra a millones de personas hacia lugares que propicien su contemplación.
La costumbre de la hanami (“observación de flores”) se remonta a la antigüedad. En este caso, las flores no son otras que las de cerezo. Ya en el período Heian (794-1185 d.C.), la nobleza celebraba fiestas en las que salía a admirar el sakura. En 1598 el shogún Hideyoshi Toyotomi organizó una de ellas en el templo de Daigo-ji (Kioto). Todos los señores feudales y demás ilustres huéspedes recitaron bajo los árboles poemas que loaban la belleza de las flores. Las damas lucían en sus ropas el elegante dibujo del sakura.
En la era Tokugawa (1603-1867), también la gente común adoptó la costumbre de juntarse para comer bajo los cerezos como forma de esparcimiento. Comían, bebían, cantaban y bailaban mientras admiraban las flores con sus familiares y amigos. Esta popular tradición aún sigue vigente y convoca a muchísimas personas que acuden a su lugar favorito para deleitarse con los copiosos pétalos.
El sakura es una constante en la historia y la cultura japonesas. Aparece con frecuencia en la prosa, la poesía, el teatro y la música. Y en el transcurso de los siglos, los pintores han plasmado el esplendor de sus flores en objetos tan diversos como vasijas y biombos.
Hasta los samuráis hicieron suyo el sakura. Estos guerreros estaban dedicados por entero a sus amos, y se esperaba que, de ser preciso, diera su vida en el acto. Para ellos, las flores del cerezo eran un emblema de la brevedad de la vida (las flores una vez han brotado solo viven dos semanas antes de deshojarse). La obra Kodansha Enciclopedia de Japón dice: “Dado que las flores del cerezo caen tras una breve floración, se han convertido en un símbolo idóneo del sentimiento estético nipón: la belleza efímera”.
La admiración nacional por éste árbol aún perdura. Sus flores suelen aparecer representadas en los hermosos kimonos, así como en artículos domésticos, pañuelos para el cuello y diversas prendas de vestir. Son tan apreciadas que muchos padres se enorgullecen de dar a sus niñas el nombre Sakura, en honor de la flor de cerezo.

Una fiesta que también nos recuerda la historia de las esposas de los samuráis
Durante la Era Meiji en Japón, era muy común que se fuera a buscar a las casas a los mejores samuráis que había, sin importar si eran jóvenes o ancianos. Durante muchos años se mantuvo una guerra que cobro muchas vidas tanto en las cruentas batallas como en el propio hogar.
Se volvió muy común que las mujeres casadas con samuráis se quedaran solas, por lo que se estableció una ley en la que se les prohibía que se vieran con otro hombre que no fuera de su familia. La ley decía que cualquier mujer que fuera encontrada con otro hombre fuese asesinada junto a su acompañante, solo se obtenía la libertad de cumplir esa ley (es decir tener vida social y casarse de nuevo) si podía probar que su esposo había muerto en combate. Curiosamente en los registros nunca se encontró a ninguna mujer asesinada por esta ley y por el contrario se encontraron tantas mujeres muertas como samuráis. Ninguna de estas mujeres fue asesinada, ellas mismas lo hacían cuando su esposo caía en batalla. En señal de amor eterno se pintaban en la espalda su nombre y se practicaban el Harakiri (腹切)o Seppuku (切腹) (suicidio ritual por desentrañamiento, los samuráis consideraban su vida como una entrega al honor de morir gloriosamente, rechazando cualquier tipo de muerte natural. Por eso, antes de ver su vida deshonrada por un delito o falta, recurrían a este acto).
Las esposas tenían el mismo honor, lealtad y espíritu guerrero que los propios samuráis, su mayor entrega y honor era vivir junto a sus esposos durante toda la eternidad. La tradición dice que cuando un samurai partía de su hogar se plantaba un ciruelo o cerezo en el jardín en su honor y por ese motivo siempre realizaban este ritual frente a su árbol. Tras la muerte la sangre de la esposa era absorbida y recibida por su esposo (el árbol) tornando todas sus flores de los tonos rosados más bonitos del planeta (la flor de estos árboles eran originariamente blancas).
La Era Meijí es muy conocida por sus crueles asesinatos y batallas, pero es poco conocido como se vivía estos duros tiempos en los hogares. Muchas mujeres se suicidaron en señal de amor y otras por amor a sus esposos no se casaron y siguieron vivas para cuidar a sus hijos como verdaderos samuráis.

Desde tiempos antiguos, los japoneses han apreciado la belleza de la caída de los pétalos de las flores de cerezo más que la de un árbol en todo su esplendor floral, admirando su valentía cuando están cerca del final. Creen en una vida que florece y cae como las flores de cerezo. Además, estas flores son el emblema de la Armada Japonesa.
Es el símbolo por excelencia de todas las artes marciales que siguen un Do (camino), porque carece de un objetivo utilitario; la flor del cerezo no produce fruto y no da más que su belleza.
Así deben ser todas las actividades humanas, desinteresadas y bellas.

jueves, 29 de julio de 2010

martes, 27 de julio de 2010

Un poco de arte: Ferdinand Cheval

Para los vecinos de Châteauneuf-de-Galaure (Francia) era un cartero con problemas mentales. Ferdinand Cheval (1836 – 1924) llenaba sus bolsillos con piedras, las elegía de acuerdo a su forma, cuánto más extrañas y más gastadas por el agua mejor. Treinta y tres años después había construido el famoso y polémico Palais Idéal [El palacio ideal], que con el tiempo se convirtió en una de las obras art brut más importantes de Europa.


La historia es curiosa. Corría el año 1879, los carteros rurales viajaban a pie hasta veinticinco kilómetros por día para hacer las entregas. Comenzaban con el amanecer, terminaban con luz de luna. Una noche, al regreso de una estancia, tropezó con una piedra arenisca erosionada de un modo muy caprichoso. Ferdinand se quedó mirándola sorprendido, buscó otra, y otra. Las envolvió en un pañuelo y se las llevó a la casa. Al día siguiente comenzó a idear un castillo en base a esas mismas piedras, que estaban por todas partes y que hasta ese día habían pasado desapercibidas.

"¿Qué más hay que hacer cuando uno está caminando la misma ruta, aparte de soñar? Para llenar mis pensamientos, he construido en mis sueños un mágico palacio... ", escribió Cheval en relación a su trabajo y cómo fue naciendo la idea de edificar el Palais Idéal. Las primeras piedras las apiló en un pequeño lote que había recibido como herencia, ubicado en las afueras de Hauterives. Carretilla, pala y sus propias manos fue lo único que utilizó para la construcción. La mayor parte de la obra la llevó a cabo de noche, porque su trabajo como cartero era su único ingreso económico y no estaba en condiciones de esquivar un salario fijo.

Durante las primeras dos décadas erigió los muros exteriores. Los otros trece años fueron para los interiores, los detalles en las fachadas y las inscripciones. En los muros aparecen imágenes y relieves inspirados en la mitología hindú y en textos bíblicos. Desde el punto de vista arquitectónico, el estilo es definitivamente ecléctico, aunque se pueden trazar puntos de similitud con la línea de Antoni Gaudí, obviamente es una comparación imperfecta, pero sorprendentemente hay una visible presencia de cultura árabe-española en las líneas principales y en la resolución de determinados remates.

Cheval no sólo dejó en pie una de las piezas art brut más potentes del mundo, sino que se adelantó en gran medida a los principios del surrealismo, desde el punto de vista conceptual y estético. Un grupo de influyentes intelectuales dio su apoyo para convertir al palacio en un monumento histórico: André Breton le rindió un homenaje; Max Ernst pintó un lienzo titulado Cartero Cheval; el suizo Jean Tinguely lo citó en una de sus esculturas en movimiento creada en 1950; Pablo Picasso visitó el palacio y dio su aprobación, y el ministro de las artes André Malraux, en 1969, lo listó como el único ejemplo de arquitectura primitiva del continente. Finalmente fue declarado monumento nacional, aunque en su época había sido tildado de “obra patética, paquete de insanidad confusa en un pobre cerebro". Esas palabras textuales figuraban en los archivos del Ministerio de las artes a principios de siglo.

El único deseo en vida que declaró Cheval fue ser enterrado debajo de su propia creación, pero las autoridades de Hauterives se lo prohibieron terminantemente, en su pueblo seguía siendo el cartero demente que caminaba de día y apilaba piedras de noche. Fue así que a los 78 años se embarcó en la construcción de su propia bóveda en el cementerio de la parroquia. Le llevó ocho años. Al año y medio de haber terminado, a los 88, falleció de causas naturales.

Actualmente, el pueblo Hauterives, de 1300 habitantes, recibe la visita de 120 mil turistas por año que se acercan exclusivamente a ver la extraordinaria creación del cartero Cheval. Año a año se organizan allí recitales de jazz, blues y guitarra clásica.

http://www.youtube.com/watch?v=PORBy6-whWY&feature=player_embedded
 
Pagina oficial
 
Informacion tomada de http://elefantepixelado.blogspot.com/2010/07/ferdinand-cheval.html
 

sábado, 17 de julio de 2010

La ventana más interesante del mundo

La ventana más interesante del mundo, al menos para quien escribe, no ofrece ninguna vista, ya que ésta es una vidriera en la catedral de Washington realizada a partir de cristales de colores, obviamente, y fragmentos de la Luna. Sí, así es, la misma es la única pieza de arquitectura en el mundo construida, aunque sea en una muy pequeña parte, con materiales traídos por seres humanos directamente desde otro cuerpo celeste. La ventana es denominada como la Ventana Lunar y su pieza principal es una pequeña roca lunar entregada en persona por miembros de la misión Apolo XI. Si bien ésta catedral es famosa por tener todo tipo de objetos referentes a hechos relacionados con la historia y cultura de los Estados Unidos, entre ellos el más gracioso es una gárgola con el casco de Darth Vader, la Ventana lunar es ciertamente la pieza más exótica de todas, aunque debido a que es una más de las doscientas vidrieras presentes en la catedral es difícil hallarla. La misma fue diseñada por el joyero y artista del vidrio Rodney Winfield. Para orientarnos, la piedra se encuentra dentro del pequeño círculo blanco dentro del gran círculo rojo

Cortito pero....

video

jueves, 15 de julio de 2010

David Dirdam en Mala conducta



http://www.xvideos.com/video515789/bad_conduct_1

30 cosas que la industria porno nos ha hecho creer

Todos saben que el típico porno americano no se parece en nada a la vida real, pero es tan común que no nos damos cuenta de las incongruencias en comparación con la vida real. Por eso aquí les dejo una lista de las cosas que los productores porno nos ha hecho creer.

1. Las mujeres se meten con tacones de aguja en la cama.

2. Los hombres nunca sufren de impotencia.

3. Cuando le practicas sexo oral a una mujer, 10 segundos son más que suficientes.

4. Si una mujer es sorprendida por un extraño mientras se masturba, no gritará avergonzada, sino que insistirá en tener sexo con él.

5. Las mujeres sonríen agradecidas cuando los hombres salpican su cara de semen.

6. Las mujeres disfrutan del sexo con hombres feos de mediana edad.

7. Las mujeres gimen incontroladamente mientras hacen una mamada.

8. Las mujeres siempre alcanzan el orgasmo cuando lo hacen los hombres.

9. Una mamada siempre librará a una mujer de una multa de tráfico.

10. Todas las mujeres follan ruidosamente.

11. La gente, allá por los 70, no podía tener sexo si no sonaba de fondo un potente solo de guitarra.

12. Esas tetas son reales.

13. Una práctica sexual común y satisfactoria para el hombre consiste en coger su pene semi-erecto y azotar con él las nalgas de la mujer.

14. Los hombres siempre gruñen “OH, SÍ” al correrse.

15. Si hay dos de ellos, lo celebrarán como futbolistas (y a la chica no le importará).

16. La doble penetración hace sonreír a las mujeres (y el DVDA las hace sonrojarse de placer).

17. No hay hombres asiáticos.

18. Si te encuentras a una pareja follando entre los matorrales, el novio no te golpeara por meterle la polla en la boca a su novia.

19. Hay una trama.

20. Cuando esté copulando desde atrás, un hombre puede excitar un montón a una mujer dándole un cariñoso azote en el culo.

21. Las enfermeras le chupan la polla a los pacientes.

22. Los hombres siempre practican la “marcha atrás” (con éxito).

23. Cuando tu novia sorprenda a su mejor amiga comiéndotela, sólo pasará unos segundos anonadada antes de cogerse a los dos.

24. Las mujeres no tienen nunca dolores de cabeza… ni la regla.

25. Cuando una mujer está chupándosela a un hombre, es conveniente que él la diga a ella “chúpala”.

26. Los culos siempre están limpios.

27. El que un hombre eyacule sobre las nalgas de una mujer es un resultado satisfactorio para todas las partes implicadas.

28. Las mujeres siempre parecen gratamente sorprendidas al desabrocharle a un hombre los pantalones y encontrarse una polla.

29. Los hombres no tienen que rogar.

30. Mientras está de pie recibiendo una mamada, el hombre siempre situará una mano en la parte de atrás de la cabeza de la mujer, mientras apoya la otra en su cadera con orgullo.

Datos curiosos de la Sexualidad

* El orgasmo femenino dura entre 13 y 51 segundos, el masculino solo de 10 a 13 segundos y el de un cerdo 30 minutos.

* Las mujeres aumentan su actividad sexual un 30% durante luna llena.

* En el reino animal el pene más grande es el de la ballena azul, que mide 2 metros, la musaraña tiene el más pequeño, apenas 5 milímetros. Los delfines y los humanos somos los únicos que tenemos relaciones sexuales por placer.

* Gene Simmons, integrante de de la banda Kiss ha compartido su cuerpo y su lengua (según él) con 4,600 mujeres; Charlie Sheen lo supero al haber tenido sexo con 5000 mujeres a sus 40 años.

* El pingüino y el elefante tardan 3 minutos en eyacular, un perro de 5 a 30 minutos, un rinoceronte una hora, el león 15 segundos y el delfín dura solo 7 segundos.

* Un hombre eyacula entre 1 y 2 cucharadas de café.

* Un hombre promedio eyacula 7200 veces en su vida.

* De esas 7200, 2000 serán por masturbación.

* Esas 7200 suman más o menos 70 litros de semen.

* Velocidad media de la eyaculación: 50 Km/h

* Una cucharada de semen tiene 7 calorías.

* Época del día/año más favorable a la erección: mañana/otoño

* Porcentaje de hombres que dicen masturbarse: 60

* Porcentaje de hombres que dicen masturbarse al menos una vez al día: 54

* Porcentaje de hombres que se sienten culpables de masturbarse tanto: 41

* Un hombre necesita entre dos minutos y dos semanas para volver a tener una erección.

* Un hombre tiene en promedio 11 erecciones en el día y 9 por la noche.

* Vida de un espermatozoide: 2 meses y medio (del nacimiento hasta la eyaculación)

* Grosor del condón medio: 0,07mm

* Grosor de los condones superfinos: 0,05 mm

* Velocidad a la que las sensaciones eróticas viajan de la piel al cerebro: 281Km/h

* Todos los penes se inclinan ligeramente a la derecha o la izquierda, no hay pene perfectamente recto.

* Los griegos consideraban sucia a la mujer que no se depilaba la zona genital.

* En el año 1300 a.C. el rey de Karnak le corto el pene a 13000 enemigos derrotados en Libia.

* Un hombre se siente mas atraído a una mujer cuando ella esta ovulando.

* Los pezones llegan a aumentar un centímetro durante la exitacion.

* El inventor Nikola Tesla murió virgen a los 87 años.

* Julia, hija del emperador Augusto tuvo sexo con 80,000 hombres según registros.

* La duración máxima (natural) de una erección es de 180 minutos.

* En Filipinas, el equivalente al viagra es el pene de lagarto.

* Cuatro de cada cien hombres tienen fantasías sadomasoquistas y solo uno se excita con zoofilia.

* 30% de los hombres nunca ha usado un condón.

* 55% de las mujeres y 50% de los hombres tienen placer al ser mordidos.

* El pene erecto mas pequeño según el Instituto Kinsey, mide solo 2.5cm.

* Los budistas recurren a la meditación para inhibir sus deseos sexuales.

* En el siglo XIX el sexo oral y anal eran un pecado capital.

* Las parejas que más se besan durante el acto sexual son las lesbianas (95%), luego los homosexuales (71%) y últimos son los heterosexuales con apenas 25%.

* Lisa Sparxxx tiene el récord, al haber tenido sexo en un solo día con 919 hombres. Victoria Givens lo tiene en la categoría de sexo anal con 101 hombres.

David Dirdam



Por cierto yo lo pondria en silencio porque la musiquita es insopotableeeeeeeeeeeeeeeeeeeee :)
Saludos
http://www.xvideos.com/video499656/david_dirdam

Leo Giamani y Blake Riley



http://www.xvideos.com/video513027/blake_riley_and_leo_giamani

lunes, 12 de julio de 2010

Viviendo...

«Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad». Gottfried Leibniz



"El amor (del latín, amor, -ōris) es un concepto universal relativo a la afinidad entre seres, definido de diversas formas según las diferentes ideologías y puntos de vista (científico, filosófico, religioso, artístico). Habitualmente se interpreta como un sentimiento, relacionado con el afecto y el apego, y resultante y productor de una serie de emociones, experiencias y actitudes.
Con frecuencia el término se asocia con el amor romántico. Su diversidad de usos y significados, combinada con la complejidad del sentimiento implicado en cada caso, hace que el amor sea especialmente difícil de definir de un modo consistente. Como concepto abstracto, el amor se considera normalmente un sentimiento profundo e inefable de preocupación cariñosa por otra persona, animal o cosa. Incluso esta limitada concepción del amor, no obstante, abarca una gran cantidad de sentimientos diferentes, desde el deseo pasional y de intimidad del amor romántico hasta la proximidad emocional asexual del amor familiar y el amor platónico, y hasta la profunda unidad de la devoción del amor religioso."


Tomando esta definición ¿porque el amor es tan difícil de aceptar y tan cuestionado? ¿Por qué no podemos decir a nuestros amigos que los amamos sin que se sientan avergonzados o piensen mal? ¿Por qué malinterpretamos los sentimientos? ¿Por qué no nos animamos simplemente a sentir?


Puedo decir que he amado mucho, a muchas personas, de diferentes maneras, con diferentes intensidades y nunca me avergoncé de ello pero recuerdo claramente una conversación con mi madre en que le decía que amaba a una amiga y ella me dijo pero no se lo digas...


He conocido el amor apasionado por mis parejas (a cada una de ellas de manera diferente), el amor dulce por mi familia, el amor amargo por mi familia (no hay errores de tipeo), el amor cálido por los amigos, el amor revolucionario por los ideales, el amor fiel por las letras, el amor tierno por mis animales, el cariño sexual de aquellos con los que me involucrado íntimamente...


Nunca he podido dejar de sentir, en alguna medida, algo por aquellos que me rodean, no tengo miedo de los sentimientos y espero no dejar de sentirlos nunca, porque sentir es estar vivo.... aunque a veces duela.

sábado, 10 de julio de 2010

Bernard and Doris

Sinopsis


Una historia basada en el estado de New Jersey, sobre la vida de Doris Duke, la heredera del magnate del tabaco James Buchanan Duke, donde Bernard Lafferty (Ralph Finne) y Doris Duke (Susan Sarandon), enfocan una relación poco común, de una millonaria y su mayordomo irlandés interpretado por Finnes. Aunque no son una relación romántica, debido a que él es homosexual, pero entre la gélida diva y el alcohólico sirviente, la compenetración es, por decir lo menos, especial e intrigante. Esta historia ofrece una visión imaginaria de fricciones, pero con el transcurso del tiempo, Bernard sé acerca más a Doris acompañandola en sus viajes como su confidente, cosa que los abogados de Doris están inseguros de sus intenciones, ya que Bernard se reúsa a un sueldo. Aunque Bernard es alcohólico, Doris le ayuda en su rehabilitación sin costo algúno para el

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Infernal





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Damien. Damien, Damien uno de mis chicos favoritos...



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martes, 6 de julio de 2010

Abriendo mentes

Al suroeste de China, sobre los contrafuertes de Himalaya, una etnia de 30.000 habitantes aún poco conocida preserva a través de las edades tradiciones y ritos particulares. Asombrosa resistencia del pueblo Moso, de este “reino femenino” aislado, dónde nuestras concepciones occidentales se estrellan.

Las madres son los pilares de la sociedad. Sólo la ascendencia femenina se tiene en cuenta y la transmisión del nombre es exclusivamente femeninos. El concepto de padre es inexistente. Los hombres son eximidos de trabajo y las mujeres garantizan la subsistencia diaria.
A la caída de la noche, los hombres se presentan bajo la ventana de la mujer cuyos “favores” esperan. Ésta elige uno con el cual va a pasar la noche. Cada noche puede, si lo desea, elegir a uno diferente. El hombre descartado por una mujer se apresura a irse en busca de otra hasta encontrar una que le acepta. Rápidamente los pares se forman y durante la noche, deben conducir sus jugueteos con discreción sin molestar a los demas.
Sin que eso esté considerado como ligereza sexual y observando al mismo tiempo estrictamente el tabú del incesto, en particular entre hermano y hermana, las conexiones se establecen y se desenredan sin ninguna dificultad social. Sin matrimonio ni infidelidad, esta sociedad excluye así radicalmente la posesión de los celos.
Esta práctica de las visitas puede parecer extraña para nosotros occidentales, pero la mayoría de estas mujeres eligen establecer una relación duradera con un hombre y una vez esta relación es oficializada ante la comunidad, el hombre y la mujer pueden implicarse uno hacia otro en una fidelidad elegida por un período de tiempo que puede llegar hasta la muerte.
Las mujeres son orgullosas de su posición social y reiéndose, explican que los hombres durante el día deben descansar para para ser más audaces en su cama durante la noche.
No existen enamorados para el pueblo Moso. Se gustan libres. No hay peor matrimonio que uno arreglado o forzado. Ellos se eligieron y cuando el hombre languidece por su compañera, va a verla. Una vez regado de marcas de amor, vuelve a salir y ambos mantienen ese fuego a distancia....
para reflexionar... 

viernes, 2 de julio de 2010

Apuntes de Teoria del cuerpo enamorado

Mi visión del mundo sexuado hunde sus raíces en las imágenes disponibles de los primeros momentos de mi existencia; pieles, contactos, emociones y sensaciones primeras, voces, caricias, gestos y signos iniciales. Igualmente las faltas, los fallos, defectos y carencias originarias dibujan en mis órganos una red que luego mi existencia tomará para drenar las informaciones, decodificarlas y examinar todas mis aventuras afectivas y amorosas, libidinales y sensuales. Mi carne atravesada por flujos almacena los datos con los cuales se define y se fija mi naturaleza.

Me sé ciego en estas horas decisivas y determinantes que a veces revelan mis incidentes de la vida cotidiana, mis deseos recurrentes y mis placeres reiterados.

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El deseo que ignora los códigos sociales encuentra las fórmulas de su expansión donde quiere, donde puede, lejos de toda moral moralizadora y en el puro gozo de un ejercicio imposible de diferir. Lejos de las aproximaciones sensuales, de las búsquedas y de las errancias, lejos de las historias individuales que recapitulan las historias colectivas de la humanidad y hasta de la especie, el cuerpo, educado y, por tanto, constreñido se abandona a las formas socialmente aceptables de la libido. De ahí el advenimiento de la hipocresía, el engaño a sí mismo y a los otros, el embuste, de ahí también el reinado de la frustración permanente en el terreno de la expansión sexual. Fijado el modelo, todo alejamiento de él resulta culpable: monogamia, procreación, fidelidad y cohabitación proporcionan sus puntos cardinales. Sin embargo, el deseo es naturalmente polígamo, no se preocupa por la descendencia, es sistemáticamente infiel y furiosamente nómada. Adoptar el modelo dominante supone infligir violencia a su naturaleza e inaugurar una radical incompatibilidad de humor con el otro en materia de relación sexuada.

jueves, 1 de julio de 2010

"La luna roja" - Roberto Arlt

"La luna roja", Roberto Arlt
Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la ciudad. Olas humanas hormigueaban en los pórticos encristalados de los vastos establecimientos comerciales, o se detenían frente a las vidrieras que ocupaban todo el largo de las calles oscuras, salpicadas de olores a telas engomadas, flores o vituallas.

Los cajeros, tras de sus garitas encristaladas, y los jefes de personal rígidos en los vértices alfombrados de los salones de venta, vigilaban con ojo cauteloso la conducta de sus inferiores.

Se firmaron contratos y se cancelaron empréstitos.

En distintos parajes de la ciudad, a horas diferentes, numerosas parejas de jóvenes y muchachas se juraron amor eterno, olvidando que sus cuerpos eran perecederos; algunos vehículos inutilizaron a descuidados paseantes, y el cielo, más allá de las altas cruces metálicas pintadas de verde, que soportaban los cables de alta tensión, se teñía de un gris ceniciento, como siempre ocurre cuando el aire está cargado de vapores acuosos.

Nada lo anunciaba.

Por la noche fueron iluminados los rascacielos.

La majestuosidad de sus fachadas fosforescentes, recortadas a tres dimensiones sobre el fondo de tinieblas, intimidó a los hombres sencillos. Muchos se formaban una idea desmesurada respecto a los posibles tesoros blindados por muros de acero y cemento. Fornidos vigilantes, de acuerdo a la consigna recibida, al pasar frente a estos edificios, observaban cuidadosamente los zócalos de puertas y ventanas, no hubiera allí abandonada una máquina infernal. En otros puntos se divisaban las siluetas sombrías de la policía montada, teniendo del cabestro a sus caballos y armados de carabinas enfundadas y pistolas para disparar gases lacrimógenos.

Los hombres timoratos pensaban: “¡Qué bien estamos defendidos!”, y miraban con agradecimiento las enfundadas armas mortíferas; en cambio, los turistas que paseaban hacían detener a sus choferes, y con la punta de sus bastones señalaban a sus acompañantes los luminosos nombres de remotas empresas. Estos centelleaban en interminables fachadas escalonadas y algunos se regocijaban y enorgullecían al pensar en el poderío de la patria lejana, cuya expansión económica representaban dichas filiales, cuyo nombre era menester deletrear en la proximidad de las nubes. Tan altos estaban.

Desde las terrazas elevadas, al punto que desde allí parecía que se podían tocar las estrellas con la mano, el viento desprendía franjas de músicas, “blues” oblicuamente recortados por la dirección de la racha de aire. Focos de porcelana iluminaban jardines aéreos. Confundidos entre el follaje de costosas vegetaciones, controlados por la respetuosa y vigilante mirada de los camareros, danzaban los desocupados elegantes de la ciudad, hombres y mujeres jóvenes, elásticos por la práctica de los deportes e indiferentes por el conocimiento de los placeres. Algunos parecían carniceros enfundados en un “smoking”, sonreían insolentemente, y todos, cuando hablaban de los de abajo, parecían burlarse de algo que con un golpe de sus puños podían destruir.

Los ancianos, arrellanados en sillones de paja japonesa, miraban el azulado humo de sus vegueros o deslizaban entre los labios un esguince astuto, al tiempo que sus miradas duras y autoritarias reflejaban una implacable seguridad y solidaridad. Aun entre el rumor de la fiesta no se podía menos de imaginárseles presidiendo la mesa redonda de un directorio, para otorgar un empréstito leonino a un estado de cafres y mulatillos, bajo cuyos árboles correrían linfas de petróleo.

Desde alturas inferiores, en calles más turbias y profundas que canales, circulaban los techos de automóviles y tranvías, y en los parajes excesivamente iluminados, una microscópica multitud husmeaba el placer barato, entrando y saliendo por los portalones de los “dancings” económicos, que como la boca de altos hornos vomitaban atmósferas incandescentes.

Hacia arriba, en oblicuas direcciones, la estructura de los rascacielos despegaba sobre cielos verdosos o amarillentos, relieves de cubos, sobrepuestos de mayor a menor. Estas pirámides de cemento desaparecían al apagarse el resplandor de invisibles letreros luminosos; luego aparecían nuevamente como “super dreadnoughts”, poniendo una perpendicular y tumultuosa amenaza de combate marítimo al encenderse lívidamente entre las tinieblas. Fue entonces cuando ocurrió el suceso extraño.

El primer violín de la orquesta Jardín Aéreo Imperius iba a colocar en su atril la partitura del “Danubio Azul”, cuando un camarero le alcanzó un sobre. El músico, rápidamente, lo rasgó y leyó la esquela; entonces, mirando por sobre los lentes a sus camaradas, depositó el instrumento sobre el piano, le alcanzó la carta al clarinetista, y como si tuviera mucha prisa descendió por la escalerilla que permitía subir al paramento, buscó con la mirada la salida del jardín y desapareció por la escalera de servicio, después de tratar de poner inútilmente en marcha el ascensor.

Las manos de varios bailarines y sus acompañantes se paralizaron en los vasos que llevaban a los labios para beber, al observar la insólita e irrespetuosa conducta de este hombre. Mas, antes de que los concurrentes se sobrepusieran de su sorpresa, el ejemplo fue seguido por sus compañeros, pues se les vio uno a uno abandonar el palco, muy serios y ligeramente pálidos.

Es necesario observar que a pesar de la prisa con que ejecutaban estos actos, los actuantes revelaron cierta meticulosidad. El que más se destacó fue el violoncelista que encerró su instrumento en la caja. Producían la impresión de querer significar que declinaban una responsabilidad y se “lavaban las manos”. Tal dijo después un testigo.

Y si hubieran sido ellos solos.

Los siguieron los camareros. El público, mudo de asombro, sin atreverse a pronunciar palabra (los camareros de estos parajes eran sumamente robustos) les vio quitarse los fracs de servicio y arrojarlos despectivamente sobre las mesas. El capataz de servicio dudaba, mas al observar que el cajero, sin cuidarse de cerrar la caja, abandonaba su alto asiento, sumamente inquieto se incorporó a los fugitivos.

Algunos quisieron utilizar el ascensor. No funcionaba.

Súbitamente se apagaron los focos. En las tinieblas, junto a las mesas de mármol, los hombres y mujeres que hasta hacía unos instantes se debatían entre las argucias de sus pensamientos y el deleite de sus sentidos, comprendieron que no debían esperar. Ocurría algo que rebalsaba la capacidad expresiva de las palabras, y entonces, con cierto orden medroso, tratando de aminorar la confusión de la fuga, comenzaron a descender silenciosamente por las escaleras de mármol.

El edificio de cemento se llenó de zumbidos. No de voces humanas, que nadie se atrevía a hablar, sino de roces, tableteos, suspiros. De vez en cuando, alguien encendía un fósforo, y por el caracol de las escaleras, en distintas alturas del muro, se movían las siluetas de espaldas encorvadas y enormes cabezas caídas, mientras que en los ángulos de pared las sombras se descomponían en saltantes triángulos irregulares.

No se registró ningún accidente.

A veces, un anciano fatigado o una bailarina amedrentada se dejaba caer en el borde de un escalón, y permanecía allí sentada, con la cabeza abandonada entre las manos, sin que nadie la pisoteara. La multitud, como si adivinara su presencia encogida en la pestaña de mármol, describía una curva junto a la sombra inmóvil.

El vigilante del edificio, durante dos segundos, encendió su linterna eléctrica, y la rueda de luz blanca permitió ver que hombres y mujeres, tomados indistintamente de los brazos, descendían cuidadosamente. El que iba junto al muro llevaba la mano apoyada en el pasamanos.

Al llegar a la calle, los primeros fugitivos aspiraron afanosamente largas bocanadas de aire fresco. No era visible una sola lámpara encendida en ninguna dirección.

Alguien raspó una cerilla en una cortina metálica, y entonces descubrieron en los umbrales de ciertas casas antiguas, criaturas sentadas pensativamente. Estas, con una seriedad impropia de su edad, levantaban los ojos hacia los mayores que los iluminaban, pero no preguntaron nada.

De las puertas de los otros rascacielos también se desprendía una multitud silenciosa.

Una señora de edad quiso atravesar la calle, y tropezó con un automóvil abandonado; más allá, algunos ebrios, aterrorizados, se refugiaron en un coche de tranvía cuyos conductores habían huido, y entonces muchos, transitoriamente desalentados, se dejaron caer en los cordones de granito que delimitaban la calzada.

Las criaturas inmóviles, con los pies recogidos junto al zócalo de los umbrales, escuchaban en silencio las rápidas pisadas de las sombras que pasaban en tropel.

En pocos minutos los habitantes de la ciudad estuvieron en la calle.

De un punto a otro en la distancia, los focos fosforescentes de linternas eléctricas se movían con irregularidad de luciérnagas. Un curioso resuelto intentó iluminar la calle con una lámpara de petróleo, y tras de la pantalla de vidrio sonrosado se apagó tres veces la llama. Sin zumbidos, soplaba un viento frío y cargado de tensiones voltaicas.

La multitud espesaba a medida que transcurría el tiempo.

Las sombras de baja estatura, numerosísimas, avanzaban en el interior de otras sombras menos densas y altísimas de la noche, con cierto automatismo que hacía comprender que muchos acababan de dejar los lechos y conservaban aún la incoherencia motora de los semidormidos.

Otros, en cambio, se inquietaban por la suerte de su existencia, y calladamente marchaban al encuentro del destino, que adivinaban erguido como un terrible centinela, tras de aquella cortina de humo y de silencio.

De fachada a fachada, el ancho de todas las calles trazadas de este a oeste se ocupaba de multitud. Esta, en la oscuridad, ponía una capa más densa y oscura que avanzaba lentamente, semejante a un monstruo cuyas partículas están ligadas por el jadeo de su propia respiración.

De pronto un hombre sintió que le tiraban de una manga insistentemente. Balbuceó preguntas al que así le asía, mas como no le contestaban, encendió un fósforo y descubrió el achatado y velludo rostro de un mono grande que con ojos medrosos parecía interrogarlo acerca de lo que sucedía. El desconocido, de un empellón, apartó la bestia de sí, y muchos que estaban próximos a él repararon que los animales estaban en libertad.

Otro identificó varios tigres confundidos en la multitud por las rayas amarillas que a veces fosforecían entre las piernas de los fugitivos, pero las bestias estaban tan extraordinariamente inquietas que, al querer aplastar el vientre contra el suelo, para denotar sumisión, obstaculizaban la marcha, y fue menester expulsarlas a puntapiés. Las fieras echaron a correr, y como si se hubiera pasado una consigna, ocuparon la vanguardia de la multitud.

Adelantábanse con la cola entre las zarpas y las orejas pegadas a la piel del cráneo. En su elástico avance volvían la cabeza sobre el cuello, y se distinguían sus enormes ojos fosforescentes, como bolas de cristal amarillo. A pesar de que los tigres caminaban lentamente, los perros, para mantenerse a la par de ellos, tenían que mover apresuradamente las patas.

Súbitamente, sobre el tanque de cemento de un rascacielos apareció la luna roja. Parecía un ojo de sangre despegándose de la línea recta, y su magnitud aumentaba rápidamente. La ciudad, también enrojecida, creció despacio desde el fondo de las tinieblas, hasta fijar la balaustrada de sus terrazas en la misma altura que ocupaba la comba descendente del cielo.

Los planos perpendiculares de las fachadas reticulaban de callejones escarlatas el cielo de brea. En las murallas escalonadas, la atmósfera enrojecida se asentaba como una neblina de sangre. Parecía que debía verse aparecer sobre la terraza más alta un terrible dios de hierro con el vientre troquelado de llamas y las mejillas abultadas de gula carnicera.

No se percibía ningún sonido, como si por efectos de la luz bermeja la gente se hubiera vuelto sorda.

Las sombras caían inmensas, pesadas, cortadas tangencialmente por guillotinas monstruosas, sobre los seres humanos en marcha, tan numerosos que hombro con hombro y pecho con pecho colmaban las calles de principio a fin.

Los hierros y las cornisas proyectaban a distinta altura rayas negras paralelas a la profundidad de la atmósfera bermeja. Los altos vitriales refulgían como láminas de hielo tras de las que se desemparva un incendio.

A la claridad terrible y silenciosa era difícil discernir los rostros femeninos de los masculinos. Todos aparecían igualados y ensombrecidos por la angustia del esfuerzo que realizaban, con los maxilares apretados y los párpados entrecerrados. Muchos se humedecían los labios con la lengua, pues los afiebraba la sed. Otros con gestos de sonámbulos pegaban la boca al frío cilindro de los buzones, o al rectangular respiradero de los transformadores de las canalizaciones eléctricas, y el sudor corría en gotas gruesas por todas las frentes.

De la luna, fijada en un cielo más negro que la brea, se desprendía una sangrienta y pastosa emanación de matadero.

La multitud en realidad no caminaba, sino que avanzaba por reflujos, arrastrando los pies, soportándose los unos en los otros, muchos adormecidos e hipnotizados por la luz roja que, cabrilleando de hombro en hombro, hacía más profundos y sorprendentes los tenebrosos cuévanos de los ojos y roídos perfiles.

En las calles laterales los niños permanecían quietos en sus umbrales.

Del tumulto de las bestias, engrosado por los caballos, se había desprendido el elefante, que con trote suave corría hacia la playa, escoltado por dos potros. Estos, con las crines al viento y los belfos vueltos hacia las apantalladas orejas del paquidermo, parecían cuchichearle un secreto.

En cambio, los hipopótamos a la cabeza de la vanguardia, buceaban fatigosamente en el aire, recogiéndolo con los golpes en vacío de sus hocicos acorazados. Un tigre restregando el flanco contra los muros avanzaba de mala gana.

El silencio de la multitud llegó a hacerse insoportable. Un hombre trepó a un balcón y poniéndose las manos ante la boca a modo de altoparlante, aulló congestionado:

—Amigos, ¡qué pasa, amigos! Yo no sé hablar, es cierto, no sé hablar, pero pongámonos de acuerdo.

Desfilaban sin mirarle, y entonces el hombre secándose el sudor de la frente con el velludo dorso del brazo se confundió en la muchedumbre.

Inconscientemente todos se llevaron un dedo a los labios, una mano a la oreja. No podían ya quedar dudas.

En una distancia empalizada de fuego y tinieblas, más movediza que un océano de petróleo encendido, giró lentamente sobre su eje la metálica estructura de una grúa.

Oblicuamente un inmenso cañón negro colocó su cónico perfil entre cielo y tierra, escupió fuego retrocediendo sobre su cureña, y un silbido largo, cruzó la atmósfera con un cilindro de acero.

Bajo la luna roja, bloqueada de rascacielos bermejos, la multitud estalló en un grito de espanto:

—¡No queremos la guerra! ¡No..., no..., no!...

Comprendían esta vez que el incendio había estallado sobre todo el planeta, y que nadie se salvaría.

La biblioteca de Babel - Borges

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El primero: La Biblioteca existe ab alterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.


Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.


Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

El sueño - Jorge Luis Borges


El sueño (Jorge Luis Borges)


Si el sueño fuera (como dicen) una
tregua, un puro reposo de la mente,
¿por qué, si te despiertan bruscamente,
sientes que te han robado una fortuna?
¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
nos despoja de un don inconcebible,
tan íntimo que sólo es traducible
en un sopor que la vigilia dora
de sueños, que bien pueden ser reflejos
truncos de los tesoros de la sombra,
de un orbe intemporal que no se nombra
y que el día deforma en sus espejos.
¿Quién serás esta noche en el oscuro
sueño, del otro lado de su muro?